29 de junio de 2009

El maravilloso mundo de las chapas




Yo creo que el Paraíso, de existir, tendría la forma de una gran terraza de verano, repleta de mesas y sillas y, sobre todo, de chapas por toda la explanada, chapas abolladas, dobladas, planas, boca arriba y boca abajo, todas ellas centelleantes gracias a un sol perpetuo. Y como el tiempo aquí no tiene razón de ser, Dios y todos nosotros, llevaríamos en la muñeca, en vez de un reloj, una chapa de Cinzano atada con una correa de cuero, por si nos ponemos mustios, basta con echarle una mirada y sentir de nuevo nuestra condición inmortal y eternamente infantil. Los ángeles serín camareros con abridores en su cintura, que continuamente usarían para que el suelo no quedara huérfano.

Yo creo que el último movimiento de la Cuarta sinfonía de Mahler es maravilloso, con esa canción donde los niños celebran un paraíso lleno de delicias sin fin, de comida y bebida y Santos que trabajan para ellos, pero echo en falta el lecho de chapas, y al os muchachos, con bolsas de plástico, que acuden a por ellas y luego se juntan, forman corros y juegan, protegidos por un parapeto de mármol con vistas al mar, como si se tratara de un cuadro de Alma Tadema. Yo creo que las chapas son la moneda corriente de las ganas eternas del juego, de la diversión que no admite el cansancio, de un tiempo dorado y breve, que merece su perpetuación tras la muerte.

No sé cuándo comenzó mi pasión por las chapas, no recuerdo el primer instante, el amor a primera vista. Puede que la chapa, con su pequeño tamaño, su forma circular, sus llamativos colores, sea para el infante un recordatorio del pezón materno. Yo, muchas vveces me he metido chapas en la boca, y he pasado la lengua por su cara interna, dulzona en las de refrescos y zumos, amarga en la cerveza, y a pesar del carácter antihigiénico de mi acto, siempre me ha colmado de placer.

Pero sí me acuerdo de haber formado dos equipos de chapas, las de Coca Cola contra las de San Miguel, con las que jugaba siempre un mismo partido, un Barcelona-At. Madrid legendario. Tendría 4 ó 5 años, el balón era una chapa de vermú, que era más pequeña y si estaba plana ejercía su función con probada eficacia. Recuerdo que las chapas de Coca cola tenía por debajo corcho, como las de los batidos, lo que otorgaba a sus disparos una potencia muy peligrosa. Siempre jugaba solo, y siempre busqué ser lo más imparcial posible en mis partidos, aunque reconozco que el Coca Cola Barça Team era mi favorito.

Más adelante diversifiqué mis competiciones, como hacemos todos. Hice vueltas ciclistas con más de cien chapas, que no solían superar la séptima etapa, aunque apuntaba las clasificaciones completas en cuadernos de espiral. Creo que, o bien perdí alguna dipotría en aquél titánico ejercicio, o adquirí la virtud de leer con soltura la letra pequeña de los prospectos de los medicamentos, probablemente las dos cosas. He hecho ligas oficiales, ligas individuales con un amigo por chapa, carreras donde toda la clase de mi colegio participaba, carreras de fórmula uno con chapas de idéntico color a los bólidos, mundiales de atletismo donde en vez de países, los grupos estaban formados por Refrescos de Naranja, de Limón , Zumos, Aguas, Batidos, etc.

Siempre di importancia a la marca de la chapa, frente a la costumbre imperante de darles la vuelta y rellenarlas con cera y fotos o dibujar los colores de los equipos de fútbol. Mis colegas de juegos no me entendían, aunque era muy parecido a coleccionar sellos o monedas. En aquellos tiempos en que no habíamos entrado en Europa, en los supermecados había poca bebida foránea. Por ello, cuando un amigo venía del extranjero con chapas novedosas, yo me volvía loco. Las cervezas alemanas se llevaban la palma con sus escudos heráldicos, sus leones o grifos rampantes. Me podía pasar una hora entera observando la chapa, extasiado, feliz. Llegaron más chapas, de Francia, Portugal, Checoslovaquia, Grecia, Italia, Reino Unido. Organcicé Eurocopas, más modestas, con 8 selecciones, con final four, oh que momentos!

Los años pasaron y siempre hay una tarde fatídica, cuando haces una limpieza de tu cuarto, en que, o bien te levantaste con el pie izquierdo, o estabas tonto, o querías demostrar que con ese acto pasabas a otro estadio de tu vida y adquirías una madurez respetable. El caso es que tiré mis chapas a la basura, no dejé ni un par de ellas como símbolo de mi pasión, aquella Mattoni que me trajeron de Chequia, o la portentosa Lowen Brau azul y plata con su león medieval. Cuánto lo he lamentado. Hay coleccionistas que fabrican planchas de metacrilato, donde colocan sus heroínas de metal para exhibirlas, a los entendidos, o a ellos mismos cuando un impulso interior les lleva a ello.

Por supuesto que nunca he olvidado mi pasión y que queda en mí una veta nostálgica. Aún recuerdo una edición de Bajo el Volcán, la novela de Lowry perteneciente a Circulo de Lectores, con fotos de etiquetas de tequilas, anises y chapas de cervezas mexicanas, obra de Alberto Gironella. Y con sorpresa, he decubierto que la manía de las chapas se perpetúa, y ha llevado a la creación de una Liga Oficial , donde gentes de todas las edades participan. Es un juego con un amplio y detallado Reglamento. Me ha sorprendido comprobar la existencia de páginas webs donde por ejemplo te puedes bajar las equipaciones de todos los equipos de la Champios League o Ligas europeas, con una fidelidad asombrosa. He visto también partidos filmados, finales de campeonatos, donde a veces hay cierta rutina, no se celebran los goles de forma entusiasta, pero que da gusto contemplar. Creo que el balón impide chutar con efectos. En esto el garbanzo de toda la vida era hijo del azar, sí, pero a veces describía unas curvas endiabladas en córners y faltas...

En fin, que no pararía de hablar de chapas, chapas y más chapas. Su forma, su sonido al caer al suelo, o al ser arrastrado o golpeado por cualquier niño, todo ello me embruja, y creo que lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos.

1 comentario:

curro dijo...

Con esta entrada don Anónimo te acusará además de gay, de chapero.