10 de agosto de 2009

Amor céltico






Para un gran número de melómanos, la figura del compositor británico Arnold Bax (1883-1953), resulta tangencial, desconocida o, en el peor de los casos, etiquetable como música inglesa, una peyorativa forma de describir la música britana, con su insularidad, sus excesos pastorales, plácidos o románticos, cuando no pomposos como en el caso de Elgar. Si bien hay algo de cierto en todo ello, la música de las Islas merece ser conocida por sí misma. Lo demás resulta un prejuicio difícilmente justificable.

La primera noticia que tuve de Bax, fue a través de una sección de la revista Ritmo, titulada Compositores fuera de circuito. Casi a la par me di cuenta de que su ciclo sinfónico estaba siendo publicado por la firma Naxos, con lo que me hice con algunos de sus discos. En aquellos ya lejanos años, lo confieso, me estrellé con sus Sinfonías pero hice buenas migas con sus poemas sinfónicos, como November Woods o The Happy Forest, que aún hoy me siguen pareciendo soberbios. Posteriores reescuchas me han acercado con mayor fortuna a su obra sinfónica. Encuentro en ellas una gran exquisitez, una orquestación sutil y mágnífica, oscuridad, conflicto, y, por supuesto, romanticismo musical y matices impresionistas.

Si la obra de Bax puede resultar no accesible a priori, en su vida sí se reflejan hechos atractivos, como su temprana obsesión por Irlanda, lo irlandés o lo céltico, representado por la obra poética de W. B. Yeats, que tanto influyera en el músico, tambíén él poeta, bajo el seudónimo de Dermot O´Byrne. O sus peregrinajes a la escocesa Morar en los Highlands con sus montes y lagos, año tras año. Bax necesitaba de la naturaleza, del mar, hasta el punto de ser comparadas sus acuarelas musicales con Debussy, algo tópico, es verdad, pero no injusto. Sus biógrafos y analistas también hablan de él como de un escapista, no sé si por huir de determinados compromisos que tuvo que afrontar, o por no sentirse a gusto en el mundo estético de su época, el de las vanguardias imperantes en Europa.

Indagando en las diversas webs que proporcionan información sobre Bax, me topé con la foto que abre mi post. Obviamente quedé impresionado por la mujer que acompaña al compositor, por su cabeza ladeada, y su mirada entornada que parece producto de algún zumo de adormidera, o trasunto de la Salomé de Gustav Klimt, una mezcla de desidia y deseo. Descubrí que se trataba de Harriet Cohen (1895-1967), pianista afamada en su tiempo, y amiga y amante de Bax durante décadas, su sueño adolescente, como él la calificaba. Musa de alguna de sus obras como el poema sinfónico Tintagel, que homenajea unas vacaciones que pasaron juntos en la localidad homónima, cerca de Cornualles, con su castillo en ruinas, y de nuevo, lo legendario, lo artúrico, incluso lo tristanesco y wagneriano, en definitiva , la eterna presencia de las brumas del Norte.

Jamás contrajeron matrimonio, y cuando la primera esposa de Bax, la española Elsita Sobrino, falleció, a Harriet le esperaba una nueva desilusión con la noticia de que Bax tenía otra relación desde unos años atrás con Mary Gleaves. A pesar del lógico enfado, la Cohen siguió defendiendo la música de Bax , en la que creía. Pianista de pequeñas manos que imposibilitaban la ejecución de determinadas obras, afamada ejecutante de Bach, con obras dedicadas o inspiradas en ella de músicos como Bartok, Moeran o Vaughan Williams, a finales de los años 40 sufrió un accidente con un vaso de cristal que lesionó su mano derecha de forma temporal. Bax le compuso por ello su Concertante para mano izquierda y orquesta, lo que evoca a Ravel y Paul Wittgenstein.

Harriet Cohen es una mujer bella, de una belleza diría que moderna. Me gusta creer o interpretar, cuando veo esta foto, que Harriet era más fuerte, más apasionada, y que creía más en la relación que su compañero. Veo a un Arnold Bax, sonriente y afable por fuera, pero no tan seguro por dentro. Le percibo como la parte débil del engranaje. Por supuesto es tan solo una suposición, una imagen evocadora que jamás va a convertirse en hipótesis. Me gustan estos juegos. Pero Harriet Cohen se me antoja también una hechicera céltica, que en vez de pulsar arpas irlandesas, lo dio todo por el piano, y por el amor de su vida. Sólo por ello merece mi homenaje y mi recuerdo.

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