17 de septiembre de 2009

Lena Olin, elogio a la madurez.




Cuando en mis viajes semanales de autocar por Hispania, debido a lo que en términos asépticos se denomina movilidad geográfica, un chófer argentino, seguidor de Boca Juniors, abre la guantera y extrae un dvd para solaz de la concurrencia, el bueno de Spars se teme lo peor. Generalmente el ramillete fílmico que nuestro programador dispone es, seamos generosos, bastante flojito. Uno se apoltrona en el asiento, traga saliva, palpa en su bolsa de mano la novela salvadora, se centra en los viñedos del paisaje, o fantasea con la vecina de viaje más cercana, cerrando los ojos. A pesar del esfuerzo, la estridente música de la productora de turno, nos induce a abrir un ojillo y a seguir, mal que bien, la peli, aunque sea a ráfagas y para confirmar, eso por supuesto, nuestro superior gusto, y la mediocridad del engendro en ciernes.

La última joya proyectada fue el film Hollywood departamento de homicidios, cinta soporífera pergeñada a la mayor gloria de Harrison Ford, el James Stewart posmoderno, caballero de América y todas esas cosas. Lo bueno de Harry es que puedes apostar el número de veces que torcerá la boca en ese rictus que de tan usado desespera. Habrá algún hada que tire de la comisura de Ford con hilo dental hacia arriba? Campanilla, echada de la Disney por adicciones secretas, habrá encontrado en el arqueólogo su filón o amor platónico?

En fin, que sufrimos de lo lindo con la cinta. Pero cuando menos lo esperaba, como siempre ocurre cuando el amor o la sensibilidad acechan (no hay nada como bajar la guardia para caer rendidos ante lo sublime), aparece una hermosa mujer, que rezuma belleza por su madurez pujante, orgullosa de sí y tremenda. Mis resortes, antenas, pedúnculos, captaron el seísmo. La fluctuación del conjunto visceral y anímico que conforman carrocería y motores de Spars el bloguero presagiaban una sinfonía térmica. Si hubiese sido una tetera, el vapor disparado por mi pitorro rompería el techo del autocar esmeralda, produciendo gritos de terror entre los viajeros. Wikipedias del mundo, diccionarios, yo os invoco, en nombre del amor y del deseo para que me digáis qué beldad, qué princesa de la edad del perpetuo encanto, se esconde tras la peliculilla humilde.

Ana, mi compañera de viaje, con sus ojos azules de aguamarina, me lo dice: "es Lena Olin, la vi en la peli Havana con Robert Redford". Anda, pues va a ser verdad que existe una Lena Olin, que es una actriz sueca, que fue descubierta por Bergman, y que, he ahí lo terrible, la has visto sin darte cuenta en otras pelis como Chocolat, La novena puerta, La insoportable levedad el ser, Casanova, o en la serie Alias ( después de esto, con el binomio Bouchez-Olin, mis amigos me tienen que regalar todas las temporadas, y sin tardar demasiado).

Reconociendo a la Olin profesional como se merece, lo que me interesó de ella fue lo que transmitió, la posibilidad de que una mujer madura pueda ser atractiva en grado sumo, que posea una aleación de experiencia y belleza que difumine a cualquier niñata que haga sus primeros pinitos por el mundo. Algún mal pensado me dirá: vaya, te gustan las maduritas, eh? En efecto, así es, no descarto el melocotón que retiene los licores almibarados de toda su vida, para que yo le dé un buen mordisco y succione su jugo. Esa es la tentación que para mí ha significado la Olin, estar plena y llenar una pantalla y llenarme con su visión.

En una Suecia que nos ha monopolizado con Stieg Larsson, la Suecia de Ikea, del IFK Goteborg, y, por qué no, seamos nostálgicos, la de Mats Wilander comiendo un plátano en un descanso de Roland Garros, yo he descubierto el bombón oculto en la caja, la bebida añeja con aroma de menta, el equilibrio, la mujer del norte que cruza una bahía con cómoda ropa blanca. Ella es Lena Olin, otra musa más, pero ésta abre folio en mis archivos, los que guardo bajo bóvedas góticas, y que solo los muy íntimos visitan.

10 de septiembre de 2009

Tirando del hilo



Hace unas semanas me dejé caer por uno de esos tenderetes urbanos, donde se pueden encontrar libros de segunda mano, la mayor parte de ellos ajados, y con olor a cerrado o a humedad. Iba sin esperanzas, pero ya se sabe que quien busca, halla. Así que me topé con un catálogo del Museo del Prado de una exposición que en el año 1993 se dedicó a la pintura victoriana. Me fui con el libraco a casa tan feliz, y fui descubriendo cuadros y nombres interesantes y desconocidos. Pronto captó mi atención el lienzo que podéis ver al inicio, Compañeros de escuela, de Sir James Guthrie. Me sorprendió saber que en la larga época de la Reina Victoria, no solo había academicismo, o prerrafaelistas (por qué esa manía de decir prerrafaelitas? Acaso hay impresionitas, o modernitas?), sino pequeños grupúsculos, como el que siguió en su estilo la obra de un pintor francés, Jules Bastien-Lepage, prematuramente desaparecido, y del que advierto que tampoco las enciclopedias y libros generalistas al uso, proporcionan demasiada información. Otros pintores que siguieron a Bastien-Lepage fueron, por ejemplo, el matrimonio Forbes (Elizabeth y Stanhope)

Catalogado a veces como preimpresionista, parece que, sobre todo en los temas rústicos, le asemejan a Millet como hermano gemelo, aunque sin el misticismo de éste, sin descartar la cercanía de Courbet en lo que a realismo se refiere. Por lo que respecta a Guthrie, las similitudes con su modelo son obvias, como bien queda reflejado en el libro, con ese aire deliberadanmente tosco de ejecución o la muy elevada línea del horizonte. Pero este óleo maravilloso tiene encanto y personalidad propia, con unas figuras infantiles (sobre todo la niña que encabeza el camino a la escuela) que me han cautivado.

He decidido colocar hoy este cuadro, en el día de retorno al colegio de la chavalería patria, al menos en la región donde vivo. Cosas estas de la infancia que son imborrables, que poseen un sabor que nunca se degrada, estos tres hermanos o amigos, o vecinos de un pueblecito rural, sirven de homenaje al primer día de colegio, al madrugón incómodo, y a los nervios, a veces inexplicables ante lo desconocido del nuevo curso. Septiembre era entonces un mes bisagra, donde empezaba algo nuevo, se presagiaban cambios y evolución. Aunque coincido con amigos en que, si bien enero representa el inicio del año natural, septiembre lo es del vital tras las vacaciones, los septiembres actuales, los de este año y el anterior, los del último lustro, poseen una atonía, una grisura, una ausencia de cualquier encanto interior en nosotros, que a veces deprime.

Yo sí recuerdo los septiembres de mi infancia, y todavía evoco su olor, o esos primeros vientos que a finales de mes, nos hacían sacar jerseys del armario. Recuerdo la compra de los libros, cómo los olía y abría al azar, descubriendo lecciones que veríamos muy avanzado el curso, pero sin profundizar mucho en ellas, por temor a no desvelarlas antes de tiempo. El aroma de la madera de pinturas y lápices, los cartabones y escuadras, la tinta china o las témperas. Y el primer día de clase, cuando nos reunían en el salón de actos y nos soltaban el discurso bienintencionado, mientras asustados, comprobábamos que el temido profesor de mates nos había tocado en suerte y seguro que iría a por nosotros.

Durante septiembre, no había clases por la tarde, con lo que el inicio del curso era más leve. Además las fiestas de mi ciudad eran en ese mes, con lo cual ambos recuerdos se entremezclan. Los fuegos artificiales que veíamos mi madre y yo, apoyados en el mármol de un edificio que durante toda la tarde había recibido los rayos del sol. Aún recuerdo la agradable sensación de calor en mi espalda. O la visita a la Feria de Muestras, con el consabido bocadillo de salchichas con cocacola, el avión de corcho que volvía como un boomerang, o los limpiadores de gafas con sus milagrosos líquidos. O el espectáculo acróbata de los Hermanos Bordini, año tras año, en la Plaza Mayor.

Esas son mis evocaciones, mis recuerdos, mi vida. Hay cosas que han cambiado mucho en todo este tiempo, aunque otras son intemporales. Como en el bello cuadro de Guthrie, hemos captado un instante, dentro del itinerario de nuestra vida. Uno de los más hermosos, o al menos, de los que más huella deja a su paso. Por supuesto, la vida adulta tiene encantos y ventajas, pero en determinados puntos, me parece abotargada. Chicos que comenzáis hoy el curso, salud!

2 de septiembre de 2009

Geisha




Creo que fue en Blade Runner cuando vi por primera vez algo parecido a una geisha. Era en las grandes pantallas sobre los rascacielos, anuncios comerciales, la geisha, interpretada por la actriz Alexis Rhee, engullía una pequeña cápsula, pastilla o golosina. Otras fumaban o bebían cerveza con fondo musical japonés.

A mí las geishas me ponen, pero mucho. No quiero decir con ello que si me doy una vuelta por Kioto y veo a una, le dé un cachete en el culo, o me suba a un andamio para dedicarla un discurso obsceno y piropeante. A mí lo que me pone es su complejidad, su arcaísmo anacrónico, el maquillaje blanco de sus rostros donde explota, estalla la boca roja cincelada, la nuca sin pintar al descubierto, ofreciendo el pasaje sin peaje de una zona erógena, el kimono de seda o el obi, una especie de corsé oriental (obviamente me refiero más a las maikos, las aprendizas, pues son más teatrales que sus hermanas mayores las geishas, más maduras, simples y sofisticadas, podríamos decir). Y por encima de todo, su oficio, su modus vivendi. Volvamos a repetirlo, las geishas no son prostitutas, sino damas de compañía que durante una noche deben ofrecer sus conocimientos a sus compañeros de velada. Conocimientos que van desde canto y danza tradicional hasta un variado ramillete de cultura general. La geisha debe epatar en su conjunto.

Aunque la novela y posterior película Memorias de una geisha pusieron de nuevo en actualidad un fenómeno que, parece que no atraviesa sus mejores momentos, fue en el documental de la BBC La vida secreta de las geishas, donde me hice una idea, no solo de la historia, sino de sus vidas y ceremoniales. Es un documental que recomiendo a quien quiera tener una primera visión de este mundo, más allá de webs y publicaciones, algo escasas las últimas en nuestro idioma.

De aquel documental, destaco la imborrable figura de Yuiko, una maiko de 19 años, en Kioto, la ciudad por antonomasia de esta cultura femenina. Yuiko era una chica preciosa, es curioso pero me parecía más bella maquillada, que cuando se vestía de occidental. Hay una escena al final del documental en que, sobre fondo negro, Yuiko se da la vuelta, poco a poco y nos mira. Es tal el impacto que esta especie de Muchacha de la perla nipona provoca en esos momentos en mí, que desarrollo espasmos estéticos, y necesito ir a la tienda más cercana a por sake, para recuperarme.

Me enamoré de Yuiko como quien se enamora de un crisantemo que reposa entre las hojas de un libro de haikus. Ella me proporcionaba la quietud de los estanques, de los jardines, de los cerezos en flor. No necesitaba postales con puestas de sol en el archipiélago nipón, pues ella sola me radiaba. Veía en Yuiko las inseguridades de una joven aprendiz en un mundo tan complejo, sus ganas de mejorar cada día, la conciencia de que lo suyo no sólo se debía a una vocación, sino que formaba parte de una larga y venerable tradición, no exenta en su pasado de puntos oscuros.

No quise quedarme en el documental. Pensé que en cierto modo, su aparición la haría famosa, y que saldría en las webs dedicadas a este mundo, pero no fue así. Tan solo pude encontrar la foto que abre mi homenaje a Yuiko, en una página donde varias personas aseguran que se trata de ella. No estoy seguro, pero tampoco puedo descartar a la mujer que aparece en la misma.

Es probable que Yuiko ya no sea una maiko ( desde que se hizo el documental han pasado ya los 5 años de formación inicial), y que se haya independizado. Habrá abandonado los kimonos con mangas de amplios vuelos y el rostro pintado de blanco, para convertirse en geisha, con una mayor simplicidad en todo su conjunto. Puede que tenga un amante protector, con amplia solvencia económica, por ejemplo, de las corporaciones de vídeojuegos. De todos modos es mi geisha favorita, y seguiré sondeando los canales informativos de rigor en busca de información fresca. Aunque Ariel Rot hablara de geishas en Madrid, aunque Bjork tuviese su época geisha, sólo la combinación Kioto-Yuiko es marca registrada en mi imaginario femenino, sector Lejano Oriente.

Retorno a Retorno a Brideshead



(Escrito con una buena dosis de vino, en honor y homenaje a mi siempre amado Sebastian Flyte).


Me he hecho con el dvd de la serie británica Retorno a Brideshead, una serie que en su día formó en mí un referente y que nunca me ha abandonado a lo largo de mi vida. Creo que en televisión fue emitida tres veces, y las tres me la tragué. También compré el libro en la edición de bolsillo de Tusquets, y, por supuesto renuncié a la nueva propuesta cinematográfica de la misma, hará cosa de un año, pues me pareció ofensivo crear algo que intentara competir con la perfección misma.

Descubrí esta serie cuando tenía doce o trece años. Quizá a esa edad no captas ciertos contenidos o temas de la misma. Hoy pienso que da igual. La cualidad más maravillosa de Retorno a Brideshead es el hechizo que en mí provocó, desde un primer momento, como si estuviese frente a una serpiente que se erguía ante mí ofreciéndome sus encantos ocultos. No sé si fue la imponente visión del castillo de Howard, la mansión donde en buena medida se desarrolla la trama, la ambientación excepcional, ese toque de la Inglaterra de entreguerras tan perfecto en sí mismo, los magníficos actores, la deliciosa melodía barroca que compuso Geoffrey Burgon y que varía hasta el infinito, en estilos, instrumentación o carga dramática. Todo eso y más me sigue sugestionando.

Voy por el capítulo noveno de los once que componen la serie. Sin cambiar en lo más profundo lo que pienso de ella, sí creo que yo la titularía "Sebastian", porque lo quiera o no, el personaje de Sebastian Flyte, interpretado por un Anthony Andrews en estado de gracia, es lo más atractivo y lo que más me llegó adentro en un principio. Por supuesto que el elogio de la amistad entre él y Charles Ryder, sobre todo en los primeros capítulos, es esencial. Quién no cree en el poder seductor de un amigo tras su visionado. Por contra, cuando el eje de la narración pasa a la relación de Charles y Julia (Jeremy Irons y Diana Quick), se apodera de mí una sensación de cansancio, como si convertirse en un cuarentón, o en una persona madura fuera un aburrimiento, un pestiño insufrible. Es más, la serie comienza con la voz en off de Charles Ryder: " Ahora, a los treinte nueve años, empiezo a sentirme viejo". Aparte claro está de otro tema de Retorno, la visión que se puede tener en Inglaterra de una familia católica o del catolicismo mismo, visión curiosa de entomólogo, no exenta de exotismo, pero que para mí, educado en férreas tradiciones católicas, me dice bien poco.

En efecto, Retorno a Brideshead es un elogio de la amistad, de la juventud, sus excesos burbujenates como el champagne, sus ilusiones y mentiras creídas a ciegas, es recordar que en una época de nuestra vida, en la ya lejana Arcadia, existió la intensidad y el sentirse pleno, aunque fuera de forma fugaz. Tambien el retrato de una época y de la aristocracia inglesa, pero yo prefiero aferrarme a las historias de carne y hueso, las de Charles Ryder, futuro pintor arquitectónico, Sebastian Flyte, futuro dipsómano, y el osito Aloysius.

Si Yo Claudio introdujo en mí la depravación, Retorno a Brideshead aportó la exquisitez, la estética, el arte por el arte y la brevedad de los grandes, grandes momentos.

14 de agosto de 2009

Anna y Hanna, o el juego de las muñecas rusas














Es curioso. A veces ocurre que las visiones fugaces generan universos completos. Basta con un segundo, con una fracción de la vida, para que la imaginación y las ganas de soñar exploten. Me gusta este tipo de mentira, la ficción que nunca llegará a ser, el juego nocturno, con la luz apagada, en la cama, de dormirse imaginado un mundo paralelo. Esta ccstumbre, diría que infantil, es necesaria en mi vida. No la busco, acude al encuentro; no la planeo, ella me elige. Es como estar preparado para la llegada del Maestro, que diríamos en un plano filosófico oriental. Es darle alas, a veces, a una vida plana. Es novelar.

Ocurrió hace unos años, cuando fui al cine un lunes por la noche. La película era El Hundimiento, la historia de los últimos instantes o días de Hitler en el búnker de Berlín, con toda su paradoja de megalomanía, de la pérdida más absoluta del sentido de la realidad, y de ausencia total de conciencia con respecto a su pueblo, o de todas las atrocidades que en el mundo han sufrido las víctimas civiles, por parte de un Hitler de teatro del absurdo. Obviamente, el punto fuerte de la película, más allá de la historia, de su calidad formal, estribaba en la actuación de Bruno Ganz como el Fuhrer, a quien solo cabe dar el calificativo de excepcional.

Sabía el contexto en que la película me introduciría, me aprestaba a doctas y eruditas reflexiones sobre la decadencia nazi, donde ni uno solo de los personajes fundamentales faltarían: Himmler, Speer, Goebbels, Eva Braun. Pero ya dije al principio que la magia acude, cuando lo desea, a sorprendernos. En el último tercio de la película, aparecen en escena un hombre y una mujer que acaban de sortear las líneas enemigas en avión, para llegar al asediado Berlín. El está herido. Ella me cautiva. Al principo, con la cara ensuciada por el vuelo, y más adelante ya arreglada para la cena, entra en plano muy pocas veces, pero es suficiente para mí. Belleza frágil, ojos aules, sensación de que mañana mismo podría marchitarse. Quién es esta mujer?

Cuando finalizó la proyección, no pude conseguir su nombre, pues las luces abortaron los títulos de crédito. Pero sí me había dado cuenta de que aquel rostro me era familiar, porque se parecía al de otra persona, una chica del supermercado de mi barrio, que durante unos meses trabajó allí. La misma belleza cansada, esas ojeras, que tan bien reflefó por ejemplo Ramón Casas, en aquel retrato de Madeleine, mujer nocturna de cafetín, cigarro y absenta. Esa cajera cuya cola yo elegía casi siempre, para convertir la compra en un acto de devoción, que podria parangonarse con el icono de una vírgen bizantina, o una madonna del prerenacimiento. Aquella cajera que, en plena calle, en una noche de verano, llevaba un vestido blanco e iba acompañada de un setter al que acaricié. Breves palabras, varias miradas y después la desaparición, pero no el olvido. Sí, aquel rostro tenía más de una dueña.

Esta semana he rescatado la película en DVD. He descubierto el nombre de la actriz, se llama Anna Thalbach. Biografía en la Wikipedia en alemán que no entiendo, con chapucera traducción castellana, alguna película en la que interviene, ninguna información más. Poco importa, me basta con sus fotos, con su imagen, con su provocación pletórica en mi interior. Más allá de quedarme con la actriz, también indagué en el personaje, la aviadora Hanna Reitsch, conocida no solo por su filiación nazi sino por haber batido varios records de aviación a lo largo de su vida, que no acabó precisamente con la caída del régimen hitleriano, sino que fue más allá. Excelente piloto de pruebas, talento precoz, de constitución débil pero con una enorme fuerza de voluntad, el parecido entre ambas, entre Anna y Hanna, es más que evidente.


Oh, Anna Thalbach, nueva socia del Club inagotable de mis musas! Al igual que en la película, cruzaste las líneas enemigas, sorteando las baterías antiaéreas de mi corazón maltrecho e hiperprotegido. Tu languidez, tu delicadeza de exquisito cristal, abre las puertas del búnquer en el que me protejo, de la torreta donde intento ver el mundo de forma impasible, pero en el que sólo constato impotencia y derrota frente a todo tipo de belleza, frente a tu belleza. Contigo percibo gozosos hundimientos, en abismos de poesía.

10 de agosto de 2009

Amor céltico






Para un gran número de melómanos, la figura del compositor británico Arnold Bax (1883-1953), resulta tangencial, desconocida o, en el peor de los casos, etiquetable como música inglesa, una peyorativa forma de describir la música britana, con su insularidad, sus excesos pastorales, plácidos o románticos, cuando no pomposos como en el caso de Elgar. Si bien hay algo de cierto en todo ello, la música de las Islas merece ser conocida por sí misma. Lo demás resulta un prejuicio difícilmente justificable.

La primera noticia que tuve de Bax, fue a través de una sección de la revista Ritmo, titulada Compositores fuera de circuito. Casi a la par me di cuenta de que su ciclo sinfónico estaba siendo publicado por la firma Naxos, con lo que me hice con algunos de sus discos. En aquellos ya lejanos años, lo confieso, me estrellé con sus Sinfonías pero hice buenas migas con sus poemas sinfónicos, como November Woods o The Happy Forest, que aún hoy me siguen pareciendo soberbios. Posteriores reescuchas me han acercado con mayor fortuna a su obra sinfónica. Encuentro en ellas una gran exquisitez, una orquestación sutil y mágnífica, oscuridad, conflicto, y, por supuesto, romanticismo musical y matices impresionistas.

Si la obra de Bax puede resultar no accesible a priori, en su vida sí se reflejan hechos atractivos, como su temprana obsesión por Irlanda, lo irlandés o lo céltico, representado por la obra poética de W. B. Yeats, que tanto influyera en el músico, tambíén él poeta, bajo el seudónimo de Dermot O´Byrne. O sus peregrinajes a la escocesa Morar en los Highlands con sus montes y lagos, año tras año. Bax necesitaba de la naturaleza, del mar, hasta el punto de ser comparadas sus acuarelas musicales con Debussy, algo tópico, es verdad, pero no injusto. Sus biógrafos y analistas también hablan de él como de un escapista, no sé si por huir de determinados compromisos que tuvo que afrontar, o por no sentirse a gusto en el mundo estético de su época, el de las vanguardias imperantes en Europa.

Indagando en las diversas webs que proporcionan información sobre Bax, me topé con la foto que abre mi post. Obviamente quedé impresionado por la mujer que acompaña al compositor, por su cabeza ladeada, y su mirada entornada que parece producto de algún zumo de adormidera, o trasunto de la Salomé de Gustav Klimt, una mezcla de desidia y deseo. Descubrí que se trataba de Harriet Cohen (1895-1967), pianista afamada en su tiempo, y amiga y amante de Bax durante décadas, su sueño adolescente, como él la calificaba. Musa de alguna de sus obras como el poema sinfónico Tintagel, que homenajea unas vacaciones que pasaron juntos en la localidad homónima, cerca de Cornualles, con su castillo en ruinas, y de nuevo, lo legendario, lo artúrico, incluso lo tristanesco y wagneriano, en definitiva , la eterna presencia de las brumas del Norte.

Jamás contrajeron matrimonio, y cuando la primera esposa de Bax, la española Elsita Sobrino, falleció, a Harriet le esperaba una nueva desilusión con la noticia de que Bax tenía otra relación desde unos años atrás con Mary Gleaves. A pesar del lógico enfado, la Cohen siguió defendiendo la música de Bax , en la que creía. Pianista de pequeñas manos que imposibilitaban la ejecución de determinadas obras, afamada ejecutante de Bach, con obras dedicadas o inspiradas en ella de músicos como Bartok, Moeran o Vaughan Williams, a finales de los años 40 sufrió un accidente con un vaso de cristal que lesionó su mano derecha de forma temporal. Bax le compuso por ello su Concertante para mano izquierda y orquesta, lo que evoca a Ravel y Paul Wittgenstein.

Harriet Cohen es una mujer bella, de una belleza diría que moderna. Me gusta creer o interpretar, cuando veo esta foto, que Harriet era más fuerte, más apasionada, y que creía más en la relación que su compañero. Veo a un Arnold Bax, sonriente y afable por fuera, pero no tan seguro por dentro. Le percibo como la parte débil del engranaje. Por supuesto es tan solo una suposición, una imagen evocadora que jamás va a convertirse en hipótesis. Me gustan estos juegos. Pero Harriet Cohen se me antoja también una hechicera céltica, que en vez de pulsar arpas irlandesas, lo dio todo por el piano, y por el amor de su vida. Sólo por ello merece mi homenaje y mi recuerdo.

5 de agosto de 2009

Resumen narcisista de mis vacaciones


Conseguí conectarme en mis vacaciones a una placenta artificial, compuesta de nutritivos liquidos. Mediante tubos todos mis sentidos se hallaban prestos al disfrute. Lo visual, lo sonoro, la táctil, todo estaba a mi alcance. Desligado del mundo, solo, en la oscuridad elegida, tanques de cerveza helada me suministraban la ligera embriaguez, necesaria para que la vida no tenga el carácter férreo del resto del año. Alejado a voluntad de los hombres, me fijé en lo que estos producen, más allá de la mediocridad del día a día. En mi Torre de placenta-marfil, hice mis elecciones estivales, que paso a describir:


Música: sin lugar a dudas, Cocteau Twins con su album Heaven or Las Vegas. La voz de Liz Fraser, maravillosa, filtrada por máquinas, doblada, al igual que esas guitarras que no son guitarras para abandonar el aceite de los garajes y convertirse en Arte. Y luego, claro está, el disco de Primus, cuyo nombre mo quiero recordar, sino recrearme en su portada, como una especie de trío de cerillas sonrientes emergentes del agua, como una broma pictórica más de Odilon Redon. Ojo, que el cd engancha cuanto más lo escuchas. Y, por último, el disco de remezclas del Voltaic de la incandescente, islandense, e iridiscente Bjooooooork. Jamás nadie te ha amado tanto como yo, querida diva.


Cómic: el gran descubrimiento, la revelación, el territorio inexplorado, ese lenguaje que prometo, volveré a surcar en los próximos trimestres. Desde el From Hell, con su summa victoriana donde hasta mi amado John Merrick hace acto de presencia, pasando por algunos episodios de Thorgal, con su vikinga y mágica peripecia, o los dibujos de Alex Raymond para Flash Gordon, con sus siluetas femeninas, sus Reinas-Dido despreciadas, o Mort Cinder, la saga con marchamo argentino, de extraños viajes temporales y mundos pretéritos, y no tan pretéritos. O el Retorno del caballero oscuro, donde la utopía se convierte en mi caso, en rollo adolescente con la chica Robin, en plan batidos de fresa, yo me entiendo.


Libros: Alta Fidelidad de Nick Hornby, por su amor ilimitado a los discos y a las rarezas del discófilo verdadero, y a los miedos, inseguridades e ingenuidades del hombre verdadero. Y un libro sobre la explotación del Congo por Leopoldo II, o como la rapiña y la maldad no conocen tiempo y lugar, y si no, miremos ahora al Congo-coltán.


Eventos: paseo en barco por el río. No es Culture Club pero las aspas de mi barco merecían un Missisipi más tórrido y chicas que bailen can can, exhalando efluvios a la concurrencia. Exposición de autómatas, creados en el París decimonónico. Mantengo que en esas figuras anida un alma oculta y terrorífica. El paso del tiempo destruye su contenido infantil y lúdico para darles un barniz perturbador. Concierto de jazz con un solo de saxo de George Garzone, acompañado y mecido por el resto del cuarteto, que fue para mí la mejor metáfora del acto sexual como diálogo y fiesta. Solo de saxo sin solo de sexo.


Cerveza, cerveza, cerveza, Pilsen, Pilsen Pilsen, helada, helada, helada.


Y, por supuesto, Bill Ward y sus mujeres culonas, tetudas y tan reales, en mi huevo-placenta.


Gracias a Carmen, por su sonrisa a lo Harrison Ford. A Curro, por sus inefables garitos con amplificadores Nad. A la Gótica, por mostrarme al fin sus piernas lechosas y robustas. A Deivid, por sus minipisos y sus maxiequipos. A Mara, por reconciliarme con el ciclocross. A German´s, por dar siempre las gracias. A la Jefa y a la sister, porque son family, y punto. A la rusa que vi con vaqueros y blusa roja, porque espero que sea lo que espero que sea. A Daieg, por todo lo que nos separa en música, que es casi como tocarse por el otro extremo, y por tanto, una forma de unión.


Corto el interruptor placentario y vuelvo al tajo. Blurrrp.